Monstruo

El problema del monstruo

La reciente película de ciencia ficción ‘Life’ dirigida por Daniel Espinosa invita a reflexionar sobre los monstruos en el cine, en cómo son presentados y tratados a lo largo de una película. Hoy por hoy, ver a una criatura nueva o a un nuevo tipo de monstruo en el cine es como querer encontrarte una cabina en la calle. Una buena forma de perder el tiempo. A nuestro alrededor pululan reboots, remakes y muchos dinosaurios o Kongs. Muchos frankesnteins pero sin el Frankenstein genuino, claro. El acierto de ‘Life’ es presentarnos a una criatura nueva, y lo más interesante, tal y como debería ser en la buena ciencia ficción, una criatura verosímil.

Los primeros cuarenta minutos de película están diseñados milimétricamente para conocer al “monstruo” y sus mortíferas habilidades, y es ahí, en esa franja de la película, cuando yo delante de la pantalla me retrotraigo a mi infancia, a cuando veía por primera vez ‘Alien’ de Ridley Scott, y deseo que este nuevo film se le parezca en algo, a una décima parte solo. En ese momento soy consciente de cuánto echo de menos una buena película de monstruos. Lamentablemente mis deseos son en vano. ‘Life’ resulta ser una decepción pese a tener un inicio prometedor y algunas secuencias de tensión realmente logradas y agobiantes.

¿Qué es lo que ha pasado? Pues el Problema del Monstruo.

Y este es un problema que viene de largo, tanto en la literatura de terror como en el cine. Stephen King ya ahondó en el tema en los ochenta en el imprescindible libro ‘Danza macabra’, donde puso de relieve los orígenes del terror moderno y los arquetipos de los que hace uso el género para crear a los monstruos que hoy conocemos. En el libro ‘Sesión Sangrienta’, directores como John Carpenter, Tobe Hooper o Wes Craven nos revelan sus problemas y vicisitudes a la hora de enfrentar a sus creaciones. Todo aquel que quiera bailar dentro de los parámetros del género fantástico y de terror deberá asumir tarde o temprano este problema. Es la ley de la gravedad. El asesino Michael Myers de la película La noche de Halloween creado por John Carpenter es casi un doctorado acerca de qué mostrar y que no mostrar al público para conseguir dar miedo. Todo se reduce en realidad a eso: qué mostrar y qué no mostrar. Si la opción es no mostrar, tal y como diría Stephen King, estás jugando en el terreno de Edgar Allan Poe en ‘El corazón delator’ o en el de W.W. Jacobs en ‘Pata de mono’. Sugerir y aterrar. Si por otro lado, lo que quieres es enseñar, entramos en el terreno del horror y de la revulsión. Películas como ‘La Matanza de Texas’, ‘Alien’ o ‘La noche de los muertos vivientes’ sirven como ejemplo de esto. H. P. Lovecraft nunca tuvo muchas complicaciones con el Problema del Monstruo. Las criaturas que proponía en sus relatos, provenientes de aquel abismo que él llamaba el horror cósmico, eran tan indescriptibles, tan horribles y tan pulposamente deformes que siempre han ido un paso por delante de la imaginación del lector. Y aún mantienen esa cualidad.

 

Crear a un monstruo original es algo que implica unas grandes dosis de trabajo, de imaginación, de cariño, de valentía y de suerte. El dar con esa chispa mágica que creará algo único. Y luego hay que saber cómo presentar a ese monstruo en sociedad, lo que es casi una ciencia en sí misma. Presentar al monstruo demasiado pronto posiblemente sea un error. El público es rápido en adaptarse y mucho más en dejar de sentir miedo al menor despiste. ‘Life’ comete ese error. Sus cartas están boca arriba antes de que la partida haya comenzado. El público a los cuarenta minutos de película sabe todo lo que tiene que saber sobre el monstruo. ¿Qué queda entonces por ver?. Pues cuarenta minutos rutinarios de película de cómo intentan matar a la criatura y conocer qué personaje vive o muere.

El gran desconcierto para el público de la primera película de ‘Alien’ era que el monstruo variaba a lo largo de la película. Primero era un ser aracnoide, luego un embrión revientapechos y por último un babeante insecto espacial de formas biomecánicas y fálicas. Sin olvidar la intervención de un villano adicional personificado en el androide Ash. La película iba sorteando de forma magistral el Problema del Monstruo porque una vez que el púbico creía saber a lo que se enfrentaba, la peli modificaba la amenaza. Como guinda final, el origen de la criatura era un misterio para el público. La nave alienígena que transportaba los huevos era de procedencia desconocida. Se resolvía el conflicto central de la película pero dejaba escalofriantes y Lovecraftianos interrogantes. En definitiva, es la peli de monstruos definitiva. James Cameron para su secuela decidió sortear el problema del monstruo multiplicando la amenaza. De ahí que la segunda parte se titulara ‘Aliens’. Su apuesta fue atrasar todo lo posible el combate entre los marines y los aliens, así hasta llegar a los 40 primeros minutos de película aproximadamente. Luego fue lo suficientemente listo como para guardarse otro as en la manga para el resto de la película introduciendo a la Reina Alien, que cerraba el ciclo vital de los aliens, convirtiendo a estos seres en algo así como abejas espaciales. Las siguientes secuelas de la saga ‘Alien’ no afrontaron el problema del monstruo en ningún momento, simplemente lo obviaron, dando como resultado a unas películas claramente inferiores.

Películas como ‘Depredador’ o ‘La Cosa’ utilizaron distintas formas para resolver el susodicho problema. En ‘Depredador’ se ocultó el aspecto de la amenaza todo lo posible pero, paradójicamente, si se mostró de forma gráfica las acciones malvadas del monstruo como una forma de contrarrestar su invisibilidad. En La Cosa la amenaza era cambiante, algo similar a lo ocurrido en ‘Alien’, pero también se jugaba con la suplantación –el ser era capaz de infectar y usar a los personajes para sus fines-, generando desasosiego y paranoia en los espectadores. En ‘La mosca’ de David Cronemberg se atrasaba hasta casi el final la forma definitiva de la criatura. En ‘La noche de los muertos vivientes’ la amenaza comenzaba siendo algo pequeño y controlable…, aterrador pero controlable, para ir aumentando hasta poner a los supervivientes en un callejón sin salida y con la aterradora posibilidad de que cualquiera pudiera convertirse en un monstruo.

Freddy, el Xenomorfo de Alien o la niña de ‘El exorcista’ son monstruos que por cruentos, duros y antisociales que se consideren no son seres solitarios. Están pero que muy acompañados en su ciclo vital. Detrás de ellos hay todo un equipo de personas dando su imaginación, su creatividad y su cariño para crearlos.

La divertida paradoja es que para que crear al monstruo más odioso, terrible e inhumano de la tierra hay que darle mucho amor. Muchísimo.

Javier Chavanel.

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