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No sin mi móvil

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Móvil

Lo reconozco: me sublevo ante el dominio absoluto que los teléfonos móviles ejercen en las vidas de todos nosotros. Y por eso, a veces deliberadamente me lo dejo en casa o lo olvido. Eso fue lo que sucedió hace unos días: estaba escribiendo en el ordenador y deposité el aparato en un cajón; al fin y al cabo, en caso de urgencia podrían localizarme en el teléfono fijo, así que me desvinculé del otro por unas horas. Cuando fui a mirarlo casi me desespero: había cientos de mensajes de whatsapp de diferentes grupos e individuos, que por supuesto obvié; varios sms de texto preguntándome por mi paradero e incluso llamadas desesperadas para tratar de localizarme con urgencia. Me puse nervioso, porque todo parecía indicar que había sucedido algo grave y llamé al amigo que me buscaba con tanta premura. Me costó dar con él porque no cogía el móvil ni el fijo, probablemente porque no estaba en su casa. Le envié algún mensaje pero tampoco respondía, hasta que unos minutos después me devolvió la llamada. Descolgué con el temor de estar a punto de escuchar una trágica noticia. Mi voz temblaba cuando pregunté:

-¿Qué ha pasado?
-¿Cómo?
La respuesta en forma de pregunta de mi interlocutor me descolocó, pero entendía que buscaba darme tiempo para ayudarme a aceptar la dramática noticia que me aguardaba.
-Me has llamado 6 veces, me has mandado 3 whatsapp preguntando dónde estaba e incluso tengo sms. Dime lo que ha pasado.
-Eso digo yo… Estaba muy preocupado… ¡Como no respondías!.
-Pues…estaba trabajando en el ordenador…pero, dime lo que sucede –volví a insistir al borde de la desesperación.
-Bueno, -me respondió con pasmosa tranquilidad-, no es nada. Hablando con un nuevo compañero de trabajo, he descubierto que era de tu pueblo y te he llamado para que hablaras con él por si os conocíais.
-¿Y por qué esa insistencia? –pregunté anonadado.
-Hombre, el chico tenía prisa y de hecho…ya se ha ido y nos hemos quedado sin saber si os conocíais.
No sabía alegrarme, si romper el teléfono, si dejar de hablar de por vida a mi amigo o si desahogarme a golpes con la pared. Simplemente corté la comunicación.
De unos años para acá nos hemos acostumbrado a localizar a cualquiera al instante a través del móvil y a estar disponibles las 24 horas del día para el resto del mundo sin valorar la reducción de libertad que esto implica.

Da igual que estés en una reunión, que hayas decidido tomarte unos días de descanso en la playa o que estés disfrutando en casa de una película: el facebook, instagran, twitter, los juegos, las fotos, la televisión, los chistes más verdes…todo un compendio de posibilidades a nuestro alcance. El universo del teléfono móvil se ha convertido en algo más atractivo incluso que el mundo exterior. ¿Cómo si no se explica la imagen de grupos de personas sentadas alrededor de la misma mesa de un bar o restaurante sin hablar entre ellos, aporreando el teléfono para whatsappear con el grupo de familia, de amigos o de trabajo? ¿Quién no ha sido testigo alguna vez de una conversación a través de mensajes del móvil entre personas sentadas a la misma mesa, sin que siquiera se miren entre ellos, tal vez porque formen parte de un mismo grupo de whatsapp? A mí, al menos, me ha ocurrido. Y me he sentido ridículo de ver que las palabras ya no sirven para la comunicación, que quedar con un amigo ya no conduce siempre a mantener una comunicación fluida entre persona y persona, porque a veces dedica más tiempo a su Iphone veintemil que a ti mismo, y que un hombre sin móvil está tan perdido como un vaquero sin pistola.

Entiendo que las compañías de telefonía estén encantadas con esta dependencia pero yo no he olvidado todavía una adolescencia libre de aparatos, en la que la forma de localizar a la gente era acudir a sus casas o buscarles en los lugares habituales de paso de estas personas. Nadie se asustaba si no daba contigo en menos de 5 minutos y si te apetecía ir a pasar el día al monte, al regresar no había cambiado absolutamente nada, nadie te había tratado de localizar y si lo había hecho entendía que debía darte más tiempo. No como ahora, que nos enfadamos con los amigos porque no contestan inmediatamente a nuestros mensajes.

¡Ojo! No estoy en contra de la tecnología y comprendo que el estar conectado tiene algunas ventajas: por ejemplo, GPS para localizar lugares…si es que no te pasa como a mí, que el localizador de mi móvil se empeña en conducirme a través del interior de grandes polígonos industriales que acaban en calles sin salida; pero sí es cierto que los juegos del aparato son una buena distracción mientras esperas a alguien…en fin, si tienes juegos, -no es mi caso- o si no te picas tanto al perder que cuando llega tu cita estás completamente enfrentado al mundo…Que sí, que tiene ventajas…cada uno sabrá cuáles, pero que tenerlas, las tiene…

Aún así, aprovecho para comunicaros a todos que me niego a que mi móvil sea una parte más de mi cuerpo, que tengo whatsapp y twitter e Instagram pero los utilizo poco y que si algún amigo me envía un mensaje y no le contesto a los pocos segundos no tiene por qué ser que me haya raptado una tribu africana caníbal para comerme en una olla…puede ser perfectamente que simplemente no mire el aparato en toda una mañana.

Es mi forma de rebelarme ante unos avances tecnológicos que supuestamente nos ofrecen comodidad pero a un coste, a mi juicio, muy elevado: el de la merma de libertades…Ya, ya lo sé…al final caeré…como ya hice con el ordenador y con la Smart tv…pero, que conste, al menos, que me estoy resistiendo.

Jesús Toral

Foto: CC0 Creative Commons

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