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La nueva religión

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La nueva religión

Cuando el ser humano tuvo conciencia de su propia condición y descubrió su incipiente espiritualidad, dio por sentado que el resto de los reinos de la naturaleza (animal, vegetal y mineral), también eran poseedores de un alma (ánima, en latín), es decir, de una capacidad intangible que permitía el movimiento, el crecimiento y la reproducción. Los “animistas” creen que los elementos de la naturaleza están dotados de alma, así como en la existencia de espíritus buenos y malos con los que es posible ponerse en contacto para recabar su protección o conjurar sus acechanzas.

De este modo, los animistas se consideran capacitados para prevenir el mal y las enfermedades, curarlas… o provocarlas. Estas habilidades pronto se las atribuyeron en exclusiva los chamanes o hechiceros, quienes negaban al resto de la sociedad (una tribu, por regla general) la competencia para invocar a los espíritus (buenos o males) sin su exclusiva mediación.

A estos seres espirituales se les fue identificando, asignando roles concretos y estableciendo ritos, ceremonias y ofrendas, con el objetivo de aplacar su ira o solicitar su benevolencia. Con el tiempo y el auge de las ciudades fue inevitable la evolución de los “mediadores espirituales”, organizados en castas específicas, a cuyos miembros se les denominó sacerdotes.

Las clase o casta sacerdotal instituyó complejas ceremonias para honrar a lo que se empezó a llamar “dioses”. Las principales sociedades politeístas, como la Indostánica, cuentan todavía con la casta sacerdotal de los Brahmanes. En el antiguo Egipto, la clase sacerdotal asumió el poder durante varios siglos. En Grecia había familias dedicadas exclusivamente al servicio de los templos de sus diferentes divinidades, como los Eumólpidos de Atenas. En la América precolombina se especializaron en el culto al Sol. En Roma, las sacerdotisas de Vesta, las vestales, gozaban de privilegios y gran influencia en la vida pública.

Aunque coexistieron con augures, adivinos, aurúspices, druidas y otros reminiscencias del chamanismo y el animismo, las clases sacerdotales fueron desplazando a las viejas creencias para establecer las religiones, principalmente politeístas, si bien las monoteístas (como la judía) pronto tomaron cierta relevancia.

Las principales religiones monoteísta actuales son el judaísmo (religión, tradición, etnia y cultura), el cristianismo (multicultural y multiétnico) y el islamismo (también multirracial y multicultural), que comparten al dios de Abraham como divinidad única. Excepto la judaica, que no preconiza la conversión del resto de los pueblos, la cristiana e islámica consideran un mandato divino la cristianización e islamización, respectivamente, del mayor número posible de infieles y paganos.

Durante siglos, la religión ha canalizado la espiritualidad de los creyentes a través de los ritos, las oraciones y la liturgia como instrumento para la comunicación con la divinidad, como medio para salvar el ánima y como vehículo para la liberación individual. Esta función hoy está en pleno declive, las generaciones de cristianos son menos practicantes cada vez, ya no existe tanto énfasis en el apostolado militante toda vez que la población mundial tiene ya predefinidas sus creencias y religiones oficiales.

Con la difusión de la Ciencia surgen movimientos humanistas, laicistas y abiertamente anticlericales, aunque la necesidad de armonizar el ánima con el mundo espiritual no se ha perdido. La necesidad de creer en algo, de seguir a alguien con fe, devoción y entrega absoluta sigue latente… Hay un vacío de apostolado… que los partidos políticos están tratando de captar para su propio provecho.

Hoy, los nuevos chamanes, los modernos hechiceros, los poderosos sumos sacerdotes son los líderes políticos. Se les ataca y defiende con el mismo tesón, se les adora con la misma fe con la que se les creen todas y cada una de sus palabras…

Necesitamos más humanismo y menos fanáticos…

Ángel Arribas

Foto: Pexels

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