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Suerte, amigo Nico

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Nico

Verán ustedes, un poco por acallar mi conciencia de que no devuelvo nada a la sociedad y por vivir la experiencia de conocer de cerca a algunas personas sin hogar, hace unos años decidí entrar en la ONG Solidarios para el desarrollo. Ciertamente que sólo tengo palabras de loa para esta asociación que propicia que sus voluntarios deambulen por las calles de las ciudades más importantes de España para dar un café, un caldo, un bocadillo o un refresco a aquellos que no tienen nada. Muy pronto, al juntarme con el grupo de jóvenes que hacían desinteresadamente en las principales ciudades del país me encontré con Ada, una mujer con un corazón más grande aún que su sonrisa, y descubrí que lo más importante no es la comida que se les lleva a estas personas sino la compañía que se les hace y la necesidad que tienen de contarte sus historias del día a día sean o no verdad. Gracias a este nuevo oficio de oreja humana conocí a muchos de estos anónimos personajes que se nos cruzan cada día por delante sin que reparemos más que en su aspecto físico. Historias tan diferentes como las de Fiti y Francisco, que se apoyaban mutuamente, como si fueran hermanos, o la de Mike Jagger (era su mote) del que me contaron que había estado casado con una modelo famosa en Madrid que falleció prematuramente en un accidente de tráfico y él no lo pudo soportar, o la de Manu, que con un brazo escayolado se esmeraba en aparcar la mayor cantidad de coches posibles mientras sobrellevaba la noticia que le acababan de dar de que padecía sida. Voces a veces tan cuerdas como la de Isabel, una mujer cuya cultura y preparación académica era más que evidente pese a que los embites de la vida la habían abocado al callejón sin aparente salida de la calle. Y no es que cayera en él por ser alcohólica, es que se convirtió en alcohólica por estar en él.

Nos encanta ser jueces y distanciarnos de las personas sin hogar acallando nuestra conciencia con pensamientos que nos colocan en una posición segura y prominente con respecto a ellos, sin posibilidades de acabar sin nada y en la calle. Pensamos que se trata de marginados sociales, enfermos siquiátricos, drogadictos, inadaptados. Pero todas las personas que conocí tenían antes una vida, una familia y un trabajo que tampoco les inducía a imaginar dónde acabarían. De todos los personajes que conocí, quién más me llamó la atención fue Nico, pegado siempre a un tetrabrik de vino. Pese a su aspecto descuidado, sus profundos ojos azules clamaban ayuda. Tras varias visitas y conversaciones descubrimos que había sido pastor evangelista, que tenía hijos en una posición social acomodada y que un cúmulo de sinsentidos le había arrojado a la calle, donde se había echado a la bebida para anestesiar su estancia en ese infierno. No es fácil ni deseable a veces intentar sacar de la calle a una persona sin hogar. Solidarios tiene claro que no es esa su función. No obstante, en esta ocasión, Ada, experta en situaciones similares, me dio la razón al considerar que había una oportunidad para él. Fue un trabajo lento, de meses, pese a que Nico nos rogaba que lo ayudáramos y manifestaba su total convencimiento de que quería salir de ese agujero. La primera vez que lo llevamos a un centro para iniciar el proceso de desintoxicación era reticente, seguramente porque pensaba que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”: temía el síndrome de abstinencia y, desafortunadamente, la mujer que nos atendió en el centro no estaba dotada de sensibilidad. Nos tuvieron varias horas esperando, mientras que la voluntad de Nico se iba resquebrajando. Pese a todo lo dejamos allí solo, como dice el protocolo, durante una única noche. No aguantó y al día siguiente volvió a la calle. El segundo intento, sin embargo, fue exitoso. Sobre todo por el cariño y apoyo con el que Ada le acompañó en todo momento. Durante varias semanas los progresos se fueron haciendo palpables y su cara ennegrecida y su cabello largo enredado dieron paso a una piel más lustrosa y un pelo corto que por primera vez permitía admirar la expresividad de sus ojos. Llegó el momento en el que la mejoría del hombre permitió que le concedieran una plaza en un piso compartido y tutelado. Había pasado un mes sin estar en la calle y sin probar una gota de alcohol después de más de 5 años. Desgraciadamente, dos días más tarde, cuando ya albergábamos ilusiones de mejoría indiscutible y casi nos felicitábamos por haberlo conseguido, el hombre volvió a sucumbir a su enfermedad.

Ni Ada ni yo ni el resto nos pudimos explicar lo que pasó. No entendíamos que después de tanto esfuerzo, de pasar el síndrome de abstinencia, de ser testigos cómo Nico tejía nuevos sueños sobre los viejos, hubiera vuelto a caer en el alcohol. En vista de los hechos, tuvimos que concluir que el motivo era un rechazo a la disciplina de la convivencia en el piso. Y, por más que lo sentimos, volvió a la calle.

Han pasado algunos años desde aquello pero sigo en contacto con Ada y hace unos días me contaba las novedades: muchas personas sin hogar habían fallecido en el último año por enfermedades graves, Francisco y Fiti ya no querían saber nada el uno del otro y se habían dividido y la buena noticia era que Nico había vuelto recientemente con su familia y estaba bien. Ya no bebía y empezaba a hacer una vida normal. Por fin, después de tanto sacrificio, parecía que su esfuerzo había merecido la pena.

Son personas de carne y hueso, con nombres propios, con ojos que miran a la cara y que esconden historias personales que nadie quiere escuchar. Y pese a que los políticos de uno y otro color parezcan promover medidas de apoyo a los más desfavorecidos, siempre, por cierto, en los momentos previos a unas elecciones, con el fin de cosechar un buen cultivo de votos, en realidad, en la calle las personas sin hogar siguen teniendo la sensación de que no importan a nadie, de que estorban e incluso de que tienen menos derechos que los demás. No hace bonito ver a Nico, ni a Francisco, Fiti, Isabel o a Mike Jagger por la calle, estorba sobre todo a nuestra conciencia porque revela un evidente fracaso de la sociedad, pero la manera de solucionarlo no es echarles a otro sitio ni dejar que se mueran por el frío del duro invierno si no atender sus necesidades y tratar de ayudarles como sea. Dice la Constitución que todos los españoles tenemos derecho a una vivienda digna, no obstante, ahora que se acercan las Navidades, seremos testigos de decenas de ellos tapados con cartones, al amparo de una botella que les permita olvidar que esta Nochebuena tampoco comerán langostinos.

Jesús Toral.

Foto: Pexels Licence

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